¿Por qué los pies se “acostumbran” al dolor y dejamos de percibirlo?

¿Por qué los pies se “acostumbran” al dolor y dejamos de percibirlo? - GARÓS

Muchas personas conviven con molestias en los pies desde hace años sin considerarlas un problema real. Dolor al final del día, sensación de cansancio, presión en los dedos o rigidez al caminar se normalizan con frases como:
“Siempre ha sido así” o “es lo normal con la edad”.

Pero el cuerpo no está diseñado para vivir con dolor constante. En este artículo explicamos por qué los pies pueden “acostumbrarse” al dolor y qué implica esto para la salud a largo plazo.


El dolor como señal… y como adaptación

El dolor es un mecanismo de alerta. Indica que algo no funciona correctamente.
Sin embargo, cuando el estímulo es constante y prolongado en el tiempo, el sistema nervioso puede:

  • Reducir la intensidad de la señal

  • Normalizar la molestia

  • Hacer que deje de percibirse como un problema

Esto no significa que el problema haya desaparecido, sino que el cuerpo se ha adaptado para seguir funcionando.


Micromolestias diarias que pasan desapercibidas

En los pies, esta adaptación es muy frecuente. Algunos ejemplos:

  • Presión constante en los dedos

  • Ligero ardor en la planta

  • Rigidez al empezar a caminar

  • Cansancio excesivo tras caminar poco

Al no ser un dolor agudo, se ignora. Pero estas señales indican sobrecargas mantenidas.


El papel del calzado en la normalización del dolor

El uso prolongado de calzado que no respeta la anatomía del pie puede:

  • Alterar la distribución de cargas

  • Limitar el movimiento natural

  • Generar puntos de presión repetidos

Cuando esto ocurre durante años, el cuerpo aprende a compensar, pero esas compensaciones suelen trasladar el problema a otras zonas.


Cuando el problema ya no está solo en el pie

Un pie que no funciona correctamente puede influir en:

  • Tobillos

  • Rodillas

  • Caderas

  • Zona lumbar

Muchas personas tratan dolores de espalda o rodilla sin relacionarlos con lo que ocurre en los pies, cuando en realidad la base del problema está en el apoyo.


Por qué “no me duele” no siempre es buena señal

La ausencia de dolor intenso no implica salud.
De hecho, en podología es común encontrar personas con:

  • Deformidades avanzadas

  • Pérdida de movilidad

  • Falta de fuerza muscular

que aseguran no tener dolor… hasta que aparece de forma repentina o limitante.


Recuperar la sensibilidad: un paso clave

Recuperar la percepción del pie permite:

  • Detectar errores en la pisada

  • Ajustar la forma de caminar

  • Reaccionar antes de que aparezcan lesiones

La sensibilidad no es debilidad, es información.


Escuchar al cuerpo antes de que grite

El dolor crónico y normalizado suele ser el resultado de:

  • Ignorar señales tempranas

  • No revisar hábitos diarios

  • Priorizar comodidad aparente sobre funcionalidad

Cambiar esta relación con el cuerpo implica observar, cuestionar y actuar antes de que el problema sea mayor.


Conclusión

Los pies no están hechos para doler, aunque nos hayamos acostumbrado a ello.
Cuando el dolor se normaliza, el cuerpo sigue funcionando, pero a costa de compensaciones que pueden generar problemas más complejos.

Prestar atención a las señales tempranas y entender su origen es clave para mantener una buena salud a largo plazo, empezando desde la base: los pies.

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